RUTA DEL MIEDO 3

Fotos: Fernando Retor y Tute Marqués

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Recordando una película bastante mala de los años 80 titulada "noche de miedo" se me ocurrió el contenido que podría dar a esta tercera entrega de la ruta del miedo, pasar noches de terror. Cuatro noches en lugares donde se supone que hay que pasar miedo.

Reitero mi respeto por aquellas personas que creen, hasta este momento yo no creo, soy un escéptico convencido que se divierte buscando fantasmas. Siempre insisto en que el día que vea algo lo suficientemente fuerte como para hacerme dudar, entonces me quedaré en casita y me olvidaré de estos coqueteos con el misterio. Lo cierto, es que siendo sincero ya he visto y oído algunas cosas extrañas de difícil explicación. En el túnel de La Engaña, entre Burgos y Cantabria apareció una cara en una fotografía de alguien que allí no estaba y una sicofonía grabada en un video en la habitación 510 de un hotel de Zaragoza, en el que una voz metálica femenina me invitaba a marcharme del único sitio en el que he pasado miedo de verdad.

Si a un niño, e incluso a un adulto, le preguntamos donde buscar fantasmas, la gran mayoría nos dirían que en un castillo antiguo y el resto probablemente contestarían que en un cementerio.
Y si les pedimos que lo dibujen, veríamos una sabana flotando con ojos y una cadena tirando de una bola. Pues eso precisamente es lo que espero encontrarme en el castillo del siglo XIII , en el que pasare la primera noche de esta nueva ruta del miedo, espero que sea sin excesivos sobresaltos.
Una experiencia única, recorrer a oscuras y solo, todas sus estancias, escaleras y pasillos, será divertido.
No ha sido fácil conseguir el permiso, no es algo habitual. Pero me gusta conseguir lo difícil. Imaginaos la cara de quien escuchaba mis "locos" argumentos y tenía que dejarse convencer para concederme la autorización. Va a ser divertido y desde luego será algo para contar a mis nietos.

Como si de un mal augurio se tratara o al menos por aportar un ambiente en consonancia con el escenario que me espera, llego bien entrada la noche bajo una lluvia intensa al castillo de Torrelobatón, provincia de Valladolid. Sobre mi corcel negro avanzo por las desiertas calles de esta histórica villa. Una débil luz intenta iluminar, sin conseguirlo del todo, la torre del homenaje de 40m de altura. La apariencia, antes de llegar a los pies de la muralla, es como si la torre estuviera levitando suspendida en el aire sobre la oscuridad, no presagia nada bueno.

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El faro de la Rieju espanta a una desprevenida pareja que dentro de su coche, supongo, habla del gobierno. ¿no? Al mismo tiempo que la pareja huye del lugar recóndito elegido para su "charla"  llega mi ama de llaves, encargada de abrirme las puertas del que será mi castillo por una noche. Me ofrece encender las luces interiores de la fortaleza, me niego, la luz de mi linterna me ofrecerá más emoción e inquietud manteniendo oculto en la oscuridad todo lo que no sea capaz de enfocar.

Me quedo solo y sin perder tiempo empiezo a recorrer estrechos pasillos, interminables escaleras, altas torres y amplias estancias de mi castillo.

No espero encontrarme con fantasmas ni espíritus del más allá, busco sensaciones distintas y experiencias fuertes, poner a prueba mis nervios, mi cerebro en un lugar susceptible de sentir miedo. Pero según pasan los minutos, lejos de sentir nervios o inquietud lo que mis sentidos perciben y envían a mi cerebro es la sensación de tranquilidad, el lujo y el privilegio de ser el señor de un castillo, solo para mí y por una noche entera. Simplemente disfruto.

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Subo la interminable escalera que lleva a lo alto de la torre principal, en ese camino hay que atravesar dos salas en las que la linterna saca de las tinieblas varias figuras que reposan en cuadros y lienzos, como el rostro de Juan Martín Díez, el Empecinado. Vallisoletano ilustre que combatió con bravura contra las tropas invasoras francesas durante la Guerra de la Independencia de principios del siglo XIX. Tras una breve conversación con Juanillo asciendo a lo alto de la torre. A cada paso que doy una paloma levanta el vuelo junto a mí, rozándome literalmente. Durante unos minutos contemplo, sintiéndome como un rey que divisa sus posesiones, las calles y plazas iluminadas de Torrelobatón. En silencio y con los ojos cerrados puedo imaginar lo que aquí ocurrió en febrero de 1521, cuando las tropas comuneras tras varios días de lucha y asedio tomaron el castillo propiedad de la familia Enríquez, Almirantes de Castilla que apoyaban al monarca absolutista Carlos I. Una gran victoria comunera que no sirvió para decantar la guerra del lado del pueblo. La madrugada del 23 de abril, los comuneros partieron hacia Toro desde este castillo, una maniobra que resultaría trágica cuando fueron alcanzados y sorprendidos en las cercanías de Villalar, siendo masacrados por los realistas.

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Sin ser consciente de ello, la madrugada avanza. Al bajar por las estrechas escaleras un murciélago negro como el carbón, en su huida espantado por la luz de la linterna, casi se golpea contra mi cara, reacciono dándole un manotazo. Aunque el encuentro fue efímero pude ver su cara, nos dio tiempo para cruzar nuestras miradas. ¿Sería un vampiro? no tuve tiempo  de preguntarle, huyó escaleras arriba más asustado que yo. Ya no quedan vampiros como los de antes.

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En un rellano frente a las oscuras escaleras de la torre, extiendo el aislante y el saco en el duro suelo. Llega el momento de intentar dormir mientras espero que algo o alguien se aparezca ante mí.

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Dos horas después solo he sido capaz de dar varias cabezadas. Sigo vivo, la experiencia es brutal, muchas sensaciones, ruidos desconocidos de todo tipo, perros que aúllan como lobos, aves que gritan como si las degollaran, sombras, crujidos....................las gotas al caer hacen un sonido similar a  pisadas de seres que no existen. Todo me da igual, me siento vivo, muy vivo, incluso feliz de encontrarme aquí y con ese pensamiento mis ojos se cierran para no abrirse hasta que las primeras luces del día  desperezan a las criaturas que reposan por la noche.

Afortunadamente no he sido testigo de nada que no sea normal en el más acá.

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Galita, mi moto, espera fuera ajena a todo lo que he sido capaz de sentir dentro del castillo medieval. Con una leve insinuación en el botón pone en marcha su pequeño, pero fuerte motor. Ponemos rumbo hacia nuestra segunda noche de canguelo.

Copiando el trazado que el río Duero describe en su lento pero constante avance, recorro kilómetros que en su mayor parte transcurren entre viñedos de la D.O. Ribera del Duero. Dejo la N-122 poco después de pasar  el desvío a Calatañazor, bellísimo pueblo famoso por la legendaria batalla entre moros y cristianos a principios del siglo XI, donde dicen que Almanzor perdió su tambor. Giro a la izquierda dirección Vinuesa, pero antes atravieso Abejar y Molinos de Duero. El destino es el cementerio abandonado de La Muedra.

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Una pista que bordea la orilla del embalse de la Cuerda del Pozo, encajada entre miles de pinos silvestres, nos lleva hasta donde se sitúa, o mejor dicho, se situaba el pueblo de La Muedra, hasta que en 1941, después de 18 años de construcción, las aguas del embalse ahogaban la historia de este pueblecillo. 90 familias fueron obligadas a empezar de cero sus vidas en otros lugares, desterrados de su tierra. Se cuentan historias, no se sabe si ciertas o parte de las leyendas que inevitablemente comienzan en los lugares que sufren una circunstancia trágica para sus habitantes como esta. Personas de La Muedra que murieron de pena por perder sus vidas, sus hogares, sus raíces. De La Muedra solo queda la torre de la iglesia que en ocasiones asoma sobre las aguas resintiéndose a morir ahogada en el olvido de las profundidades y el cementerio, que a unos centenares de metros ladera arriba, sucumbe al paso del tiempo y el abandono, los restos de lo que fue el lugar donde descansaban los fallecidos de La Muedra. Por aquí le llaman el cementerio sin pueblo.

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Los muros, verjas, varias cruces, trozos de lápidas y una especie de panteón con una inquietante cruz de piedra encima junto a un árbol desnudo, recrean un escenario digno de cualquier película de terror o zombies. Si dejase libre mi mente podría temer que en cualquier momento una mano surgiera de la tierra. No tengo nada que temer, los zombies buscan cerebros frescos, pasarían de largo.

Gris, triste, olvidado, decadente, gótico, dejado de la mano de Dios y aún así, es bello. El entorno es de una belleza difícilmente descriptible , los paisajes teñidos de los colores ocres del otoño son de ensueño. No tarda mucho en caer la noche, antes dedico un tiempo a pasear por la orilla del embalse en busca de la torre emergente de la iglesia. La encuentro, me siento en una gran roca  mientras poco a poco la torre desaparece de mi vista al mismo tiempo que el día da el relevo a la noche. La oscuridad toma posesión de lo que durante unas horas le pertenece.

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Es el momento de volver al cementerio, pasan los minutos, pierdo el camino, esquivo ramas de árboles, esquivo también sus sombras, que parecen querer ocultarme el camino de vuelta. Me resisto a creer que me he perdido. La potente luz de la antorcha de la cámara de video, al contrario de lo que esperaba, no ilumina el camino, su potencia inventa sombras, perdiendo todo lo que aparece ante mí las tres dimensiones. Media hora deambulando en el bosque hasta que encuentro a Galita escondida tras unos arbustos junto a la pista. Esto promete.

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Con la noche el camposanto adquiere un ambiente y aspecto más misterioso si cabe. Con la oscuridad los sentidos se agudizan, todo lo que percibimos se multiplica, se exagera en nuestro cerebro provocando eso que llamamos miedo, pero ¿miedo a qué?  ¿a los muertos? es ridículo los muertos, muertos están. Aquí lo que me mantiene alerta es la presencia curiosa, indiscreta de muchos animales que merodean a mi alrededor, vigilan a ese humano gilipollas no entendiendo que se le ha perdido aquí.

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Cada pocos minutos, a veces segundos, escucho movimientos de ramas que chascan, veo ojos que brillan al dirigir la linterna hacia el lugar de donde provienen los ruidos. No consigo relajarme, busco un emplazamiento más protegido dentro del cementerio para tirar el saco de dormir, me entretengo leyendo lo que queda legible en las cruces y lápidas. Decido tumbarme en la hierba de la entrada, dentro la exuberante maleza no ha dejado ningún hueco para dormir cómodamente. Intento dormir, pero solo consigo breves sueños. No hay manera, no es por miedo, los continuos ruidos de lo que quiero pensar que son animales cotillas, no me dejan pegar ojo manteniéndome en constante alerta. Me lo tomo con calma confiando en que el sueño, finalmente,  gane esta particular batalla, mientras disfruto de un cielo estrellado que al menos hoy, es solo para mí.

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A las cuatro de la madrugada me doy por vencido, los curiosos vecinos han podido conmigo, mañana tengo varios cientos de kilómetros por delante y no puedo estar sin dormir. Levanto el campamento improvisado para buscar un lugar tranquilo. En un pradillo cercano a Vinuesa, entre furgonetas camper por fin consigo descansar unas pocas horas.

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Ya estoy en la mitad de esta ruta del miedo con la grata sensación de ir superando pruebas, retos que me pongo a mí mismo. No soy un friki, o al menos, eso creía antes de salir de casa, pero en mi larga lista de cosas que hacer en mi vida, estaba la de ver si tendría “huevos” para pasar una noche en un cementerio y aunque me piré a las cuatro de la madrugada, ya llevaba allí más de siete horas en oscuridad total. Creo que puedo decir, prueba superada, ya puedo tacharla de mi lista de tareas pendientes.

Para la siguiente noche tengo preparado un lugar con una historia curiosa que “me va al pelo”, ¡¡jajajá!! Luego sabréis por qué.

El destino de hoy es un pueblecito turolense enclavado en la comarca de Gúdar-Javalambre. La N-234 me servirá de camino casi hasta Rubielos.

Si las provincias de Soria y Teruel existieran, imagino que deberían ser preciosas. Serían las menos habitadas, con la naturaleza más virgen y menos maltratada, las más tranquilas, con paisajes y rincones en los que te debes sentir agradablemente solo. Con carreteras donde lo más importante es recorrerlas y lo de menos la velocidad en hacerlo. Con caminos y sendas infinitas.  Sus gentes deberían ser sencillas y orgullosas de lo suyo. Cada curva, estoy seguro, me descubriría una nueva y más bella postal. En definitiva, algún día saldré a buscarlas como quien busca la mítica Atlántida y además espero tener mejor suerte que aquel, seguro que si.

En la Puebla de Valverde abandono la N-234, ya queda poco, unos 25 kms para llegar a Rubielos de Mora. Allí existe una ermita levantada en honor de Santa Ana, dentro, la figura de San Joaquín  acompaña a la Santa. Según me contaron unas dulces abuelitas que descansaban junto a la ermita de su paseo diario, hay un dicho: “San Joaquín y Santa Ana, buena muerte y poca cama”, en lo de buena muerte estoy de acuerdo, pero con lo de poca cama no, les dije. Creo que las buenas señoras no pillaron mi segunda intención.

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No busco historias de misterio espectaculares o las más conocidas, me gustan las leyendas curiosas y sencillas también, la única condición que me pongo cuando busco en libros e internet estas historias es encontrar relatos de personas que hayan tenido y contado una experiencia terrorífica, una experiencia “pacagalse” en cada lugar. Desde luego lo de menos es que sea cierto, porque con el  escepticismo  por  bandera, ni siquiera puedo plantearme que lo sea. Pero, si el lugar, el entorno, el ambiente es de cagarse pata abajo me vale, los relatos solo adornarán y ambientarán mi experiencia.

La temperatura es fresca, aunque mejor de lo que se puede esperar de esta zona de Teruel en noviembre. Como todavía hay lugareños paseando en los alrededores de la ermita prefiero buscar un bar donde comer un bocadillo, dejar pasar el tiempo y volver ya con la noche cerrada.

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La leyenda de esta pequeña ermita, que data del año 1659 siendo la más antigua de la zona, consiste en los testimonios de personas que han pasado la noche junto a ella y han notado, sentido, visto presencias, manos inexistentes que les han tocado. Algunos cuentan que repentinamente  se han sentido enfermos  y lo más curioso, la razón por la que elegí este destino misterioso es que todos coinciden en contar que alguien les tiró del pelo. Cuando lo leí me partí el ojete imaginando la cara del espíritu intentando tirar de mi frondosa melena.

Sentado bajo el pórtico espero a algo a alguien que para nada quiero ver.

Peeeeeeroooooo, llegó, si, llegó y envuelto en luces extrañas y potentísimas. Estaba preparado para un ente del más allá, un fantasma, un espíritu, pero nunca para un encuentro en la tercera fase. Una nave desconocida llegaba a mi encuentro, en dos o tres segundos mi vida pasó ante mi en diapositivas, he pensado en mi hijo, en mi mujer, en cuanto les iba a echar de menos. Por un instante me he visto abducido por seres del muy más allá.

Cuando desaparecen las luces, una mezcla de alegría  y decepción invade mi pensamiento, no eran extraterrestres, es mi amigo Jaime (a partir ahora el fantasma toloco) que sabiendo desde hace días  que iba a caer cerca del pueblo de sus padres  se ha presentado sin avisar.

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Viendo que no me abduce nadie, acomodo a mi  huésped y le cuento o historias de terror para acojonarle.

Por cierto, me meo. Hay una fuente aquí al lado que no deja de sonar.

Para complicarles la tarea a los espíritus he venido afeitado al cero y para mas seguridad llevo un gorro de lana.

El cielo, estrelladísimo es una copia del de ayer. Da yuyu mirar a través de la verja centenaria hacia el interior de la ermita.

Ha caído la temperatura vertiginosamente y la humedad se mete en los huesos.

Nos metemos en los sacos, tirados junto al muro lateral.

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Es sorprendente comprobar cómo un lugar tan agradable y bonito de día, si tu mente se lo propone, con la oscuridad cambia radicalmente  adquiriendo un halo misterioso. Las sombras ya no son amigas, los sonidos pasan a ser ruidos inquietantes, el reojo juega malas pasadas, la imaginación no obedece a deseos propios y se hace autónoma, el viento gime, las hojas de los árboles susurran palabras , las gotas que caen del tejado simulan pisadas.............................¿sugestión?.........¿miedo?..........¿realidad?

 

La fuente no cesa y yo sigo meándome.

 

A pesar de las comodidades de la suite de 5 estrellas, no duermo bien, no me suele pasar. Soy capaz de dormir en la rama de un árbol, pero hoy no encuentro la postura y además el sonido del agua de la jodida fuente me ha tenido toda la noche con ganas de orinar. Duermo en calzoncillos y con el frío no apetece nada salir del saco y perder el calorcito conseguido en mi ridículo saco.

Recibo con alegría y mucho sueño al mismo tiempo, la luz de la mañana. Parece ser que hemos sobrevivido a los tirones de pelo de los espíritus locales.

Después de un buen desayuno despido a Jaime "toloco" y dirijo mis cansados huesos hacia Tivissa en Tarragona.

Hay carreteras y carreteras, en unas simplemente, te trasladas de un lugar a otro y en otras, el mero hecho de rodar por ellas te traslada a algún tipo de nirvana, sabéis perfectamente lo que quiero decir. Y eso me pasó en los 110 kms de mal asfalto que hay entre Rubielos de Mora y Morella, en los que las rectas son meras anécdotas y las infinitas curvas una orgía interminable. La comarca de Gúdar- Javalambre es montañosa y poco habitada, Linares de Mora, Mosqueruela o Cinctorres son como oasis en una ruta solitaria.

Virgen de la estrella en Javalambre

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Morella

Ya en la N-420, muy cerca de Valdealgorfa me sorprende una de esas anécdotas geográficas que tanto nos gustan a los moteros viajeros, resulta que esa línea imaginaria del meridiano de Greenwich pasa por aquí. Hago la inevitable foto que atestigüe que mi Rieju y yo un día estuvimos aquí. Mientras me hago la absurda pregunta  ¿dónde se está cuando no se está ni en el este ni en el oeste?

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No hace muchos días estuve viendo videos y leyendo sobre el desarrollo de la batalla más importante de la Guerra Civil," la batalla del Ebro". Con los datos frescos en mi memoria, repaso ese atroz momento de nuestra historia, mientras recorro estas tierras de Teruel y Tarragona. Las orillas del Ebro fueron testigos de los más sangrientos enfrentamientos y Gandesa como escenario principal.

En Mora de Ebro, muy cerca de Tivissa, mi destino alienígena para hoy, veo a mi buen amigo Grau, que hará de anfitrión para mí.

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El caso Tivissa. Ocurrió en Tivissa el 27 de agosto de 1968 ese día el desaparecido diario barcelonés Tele Express publicaba en sus páginas una extensa carta al director firmada por Sebastián Mateu, cuñado del testigo, en la que se daba cuenta de la observación y posterior aterrizaje de un objeto no identificado en la zona de la cuenca de Tivissa.
El 16 de agosto, Juan se disponía a las 6 de la mañana, como cada día, a trabajar al huerto. Pero ese día no iba a ser como el resto de mañanas, vio una luz muy brillante e intrigado se acercó y pudo ver un objeto semi-circular, como una “media sandía” que se hallaba suspendido a poco menos de un metro del suelo. Acto seguido, del extraño objeto salieron unos seres que parecían pulpos pero tenían solamente cuatro brazos de tonalidades claras. Cuando fueron sorprendidos por Juan estos extraños seres corrieron de nuevo hacía el artefacto y abandonó la zona.
Juan regresó muy nervioso debido al increíble avistamiento, se dice que de la impresión se llegó a desmayar. Y todo lo que vio se lo contó a su esposa y ésta se lo contó a su hermano (Sabastián Mateu).
Al día siguiente, él mismo había podido comprobar  cómo en el lugar del incidente,  habían aparecido dos circunferencias negras en el suelo y restos de hierba quemada. No era un incendio convencional porque cuando regresó de ver los manchones quemados, el reloj se le había parado.
Cerca del lugar donde ocurrió el extraño avistamiento, había una tienda de campaña de un matrimonio alemán o austríaco. Ellos también experimentaron la parada de sus relojes al acercarse a las marcas que había dejado el extraño objeto.
Hans Volkert, tomó fotos del reloj con el objeto de publicar la noticia en una publicación de su país. Pero nunca más se supo de él ni de su esposa, ni tampoco de Sebastián Mateu.

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Tengo la oportunidad de charlar con una persona de Mora que lleva muchos años estudiando la temática ovni y los misterios de esta zona rica en leyendas y relatos de todo tipo

Me cuenta como en los años 80:y 90, Tivissa se convirtió en destino codiciado para curiosos e investigadores ufológicos. Aquí, prácticamente todos los habitantes del pueblo tienen experiencias que contar, desde luces extrañas hasta naves y encuentros con seres alienígenas. Para mi sorpresa me informa de las supuestas apariciones de la "chica de la curva"  en un tramo de una carretera cercana a Tivissa, y no solo eso, junto a ese tramo existe un pueblo abandonado con su inevitable leyenda trágica y misteriosa. A pesar de mi escepticismo escucho y atiendo con interés y mucho respeto cuando esta persona me confiesa que él ha visto a la chica de la curva. Hace años bajaba, junto a un amigo, la carretera cuando la vieron en la cuneta y segundos después en la parte trasera de su coche, en el interior, desapareciendo segundos después. Todavía aturdidos por el terrorífico encuentro se dirigen al cuartel de la guardia civil con la intención de denunciarlo, la propia Guardia Civil reconoce que no son los primeros y que una de sus patrullas la vio días atrás.

Me cuesta mucho creer nada de esto, porque desde luego, si fueran ciertas estas historias sería para flipar en colores, recoger todo rápidamente y tirar como alma que lleva el diablo para casa  meterse en la cama para no volver a salir nunca más. En fin.

Cuando concluye esta sorprendente charla ya es de noche, buen momento para recorrer la carretera que sube de L'Hospitalet de L´Enfant hasta Tivissa en busca de la dama de blanco, como la llaman en otros lugares. Bajo y subo dos veces con la esperanza de no ver nada y así es, nada ni nadie, qué casualidad cuando voy yo no se ve nunca nada. Ahora toca deambular por las vacías calles de Fatxes. Dejamos el asfalto bajando por una pista entre densa vegetación al principio y ya más despejada al acercarnos al pueblo. La leyenda de este lugar cuenta que ocurrió una masacre y desde entonces la chica se aparece en la curva más cercana. Cierto o no, avanzamos linterna en mano por las calles oscuras y desoladas. En estos lugares siempre me sobreviene el mismo pensamiento/sentimiento, ¿cuántas historias personales, alegrías, tristezas, dramas, amoríos habrán sucedido aquí? No puedo evitar sentir cierta nostalgia  ajena, es curioso.

En algunas casas todavía se pueden ver escenas de vida cotidiana. En una de ellas, dos sillones permanecen frente a la chimenea como queriendo buscar un calor inexistente. En otra sin tejado, hay ropas raídas tiradas por el suelo, sillas muy deterioradas colocadas con orden sobre la mesa. La sensación es que en cualquier momento alguien de otra época pudiera aparecer ante nosotros.

A mediados del siglo XX quedó desierto este pequeño pueblo.

No vimos nada extraño. Nos vamos, los Ovnis nos esperan.

 

De todas las localizaciones óptimas para observar el cielo, mi informador me aconseja la ermita de Sant Blai, punto caliente de avistamientos de los últimos años.

Una especie de carretera estrecha de cemento en muy mal estado, muy bacheado,  con fuertes pendientes  y descensos llevan hasta este santuario  de la fe cristiana y también del advenimiento alienígena  que es Sant Blai. La noche cerrada y estrellada no permite admirar la belleza de este lugar. El cada vez más fuerte viento mece con decisión las ramas más altas de los árboles. Con un ojo en el cielo y otro en los bocadillos que estamos devorando hacemos más agradable la espera. La vista permanece fija en el cielo, mientras me entretengo uniendo imaginariamente las estrellas, como lo haría un niño uniendo los puntos de sus primeras palabras en los cuadernos de escritura. Pasan aviones fácilmente reconocibles. Pasan las horas. Pasan un par de estrellas fugaces. Pero lo que es normal y más probable, sucede, nada, no pasa nada.

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No siempre se tiene suerte, que le vamos a hacer, en esta tercera ruta del miedo, afortunadamente, no me he encontrado con nada anormal……………………….¿o si?

¿Qué es normal? Y ¿qué no lo es?, ¿están camuflados entre nosotros?, ¿los fantasmas no me ajuntan?,  ¿seré yo un espíritu y no me he enterado?, ¿a qué huelen las nubes?

Con todas esas preguntas en la mente cierro los ojos y duermo. Duermo hasta el año que viene que despertaré para la Ruta del Miedo 4.

MUY PRONTO VIDEO DE ESTA RUTA DEL MIEDO. NO TE LO PIERDAS.