TRANSCANTÁBRICA 2011

 1ª PARTE             (2ª parte debajo)

No suelo preparar mucho mis viajes, en ocasiones salgo de casa solo sabiendo hasta donde quiero llegar. Improviso mucho sobre la marcha y en esta ocasión no iba a ser diferente.

Como llovido del cielo me llega un regalo de los dioses, una semana libre en el curro  en verano, INCREIBLE!!!!!

Después de recibir la bendición papal, o mejor dicho, marital, me queda por decidir donde ir.

Fuera de España no puede ser, no hay pelas, acabo de llegar de un paseo hasta Mauthausen (Austria) y no puedo permitirme otro gasto elevado.

 

Vale, una cosa está clara, será en la península, pero, ¿dónde?

Para ayudarme a decidirlo despliego un enorme mapa Ibérico en el suelo del garaje y dejo que el plano me hable, que me envíe estímulos, vibraciones. Espero unos segundos y como si de una tabla  ouija se tratara, la vista se fija en el norte, la cornisa cantábrica y especialmente me llaman la atención las puntas de tierra que más se adentran en el mar. Uno, dos, tres, cuatro y cinco.

Cinco son los cabos que sobresalen, cabo Higuer, Matxitxako, Ajo, Peñas y Estaca de Bares. Está claro que de cabo en cabo hago “La Transcantábrica”.

El inicio, en Hondarribia, más concretamente en el cabo Higuer, límite con Francia y el final, Estaca de Bares, frontera virtual entre el Cantábrico y el océano Atlántico.

Como siempre evitaré lo más posible las autovías y autopistas, tomaré como eje principal la N-634 que recorre todo la cornisa, e iré por donde haya una carretera paralela más cercana a la costa, la idea es tener el mar a mi derecha  y a la vista el mayor tiempo posible.

Normalmente viajo solo, pero en esta ocasión, tendré la mejor compañía, la de mi mujer. Motera con muchos kilómetros a sus espaldas y siempre llevando su propia moto, es de esas que no soporta ir de paquete.

 

 

ÉRASE UNA VEZ ……………………

 

Salimos de Valladolid con buen tiempo, mucho calor, el fuerte viento lateral no alivia, al contrario nos hace sudar como gorrinos.

En los pocos kilómetros que vamos por autovía, ella va delante de mi, es mi forma de protegerla de esos monstruos metálicos que vienen por detrás intentando engullirnos, por momentos me acuerdo del comecocos, ¿a qué no adivináis quienes son las fresitas en el juego?

En nacionales es al contrario, el enemigo viene de frente y Marta pasa a tener mi culo como punto de mira.

 

Teníamos previsto dormir en un camping que está en el mismo cabo Higuer, inicio real de la ruta, pero nos lo tomamos con calma y pasamos la noche en Etxarri, cerca de Alsasua, para ver a nuestros amigos Tute y Estela.



Por la mañana temprano, hacemos con cierta prisa los 90 kilómetros que nos quedan hasta Higuer, quiero quitarme  de encima rápidamente este tramo de denso tráfico, tampoco es fácil orientarse, es un laberinto de rondas, autopistas y autovías. No me es fácil, sin GPS, acertar con la dirección correcta.

 

Ya en Hondarribia, tomamos la carretera que sube al faro, las vistas sobre la ría del Bidasoa con Hendaya al otro lado, son espectaculares.

Al final de la subida, de frente aparece el faro, construido en 1878, tiene un alcance de 23 millas.

Me llama la atención la numerosa presencia de militares, lo curioso es que no se lo que les dirán, pero todos los paseantes se paran a hablar o preguntarles.


 

Un corto paseo y estamos en el lugar más cercano, sin tener que mojarnos, a la punta del cabo Higuer. Delante de nosotros el infinito mar y a la derecha la costa de nuestros “queridos” vecinos franceses,  es todo lo que podemos ver.


 

Este es el verdadero comienzo de la ruta, la que nos ha traído hasta aquí, fieles a una de las premisas para este viaje cogemos la carretera más próxima y paralela al mar, la que lleva al monte Jaizkibel. Preciosa subida y no menos la bajada, a veces entre frondosos árboles, a veces a media ladera con escasa vegetación, pero siempre con el olor característico del Cantábrico presente.


 

No lo he comentado nunca con nadie, pero supongo que los que somos de tierra adentro percibimos más ese olor, es como si al acercarnos a esta inmensa masa de agua salada, se nos agudizara el sentido del olfato y todavía a kilómetros de distancia ya detectáramos esa brisa, que personalmente no es que me vuelva loco, pero si excita mi imaginación, y ¿por qué no?, me trae muy agradables recuerdos de los veranos pasados junto a mis padres y mis hermanos, cuando solamente era un chavalillo.

 

La única gran ciudad que no evitaremos será La Bella Easo.

Marta ha oído tanto hablar de la playa de la concha que tiene curiosidad por verla, nunca antes estuvo en San Sebastian y era obligado aprovechar la ocasión. La playa aparece ante nosotros como un gigantesco hormiguero, hoy es uno de los escasos días caluroso y soleado que han disfrutado por aquí e todo el verano.

Nos tomamos el tiempo justo para comernos un helado y continuamos.


 

Igual que llegamos a Donosti, nos vamos, subiendo un monte, en este caso

Es el de Igueldo. Casi sin darnos cuenta llegamos a la playa de Zarautz, paramos en uno de sus extremos para contemplar lo que es la mayor superficie plana de la provincia de Guipuzcoa, con sus dos kilómetros de longitud. Esta playa es un lugar de peregrinaje para surferos.


 

Proseguimos por una carretera, vigilada de cerca por un carril bici y prácticamente en contacto con el agua del mar, en pocos minutos ya podemos observar la población de Getaria. Enclavada en una pequeña península que termina en un monte conocido como “el ratón de Getaria”.

Aquí nacieron dos personajes ilustres, el gran explorador, Juan Sebastián Elcano y el famoso diseñador de moda Balenciaga.


                   

           
Es hora de comer , pero antes un relajante y desentumecedor paseo por esta bonita localidad. En pocos lugares como en Euskadi tienes la seguridad de que entres donde entres, vas a comer bien, y así fue.


 

Es jodido vencer la pereza de volver a meterse en los trajes/sauna con el calor y la digestión en pleno proceso,  pero quién dijo que viajar en moto no tenga su parte de sufrimiento, yo creo que muchas veces roza el masoquismo. Esos días de calor, de frío, de lluvia, de nieblas, de peligro dentro del tráfico no hacen más que engrandecer la aventura personal de cada motero viajero y sin duda, constituyen las mejores historias o mejor dicho, batallitas que contar a los colegas.

 

La siguiente parada, muy cerca, en Zumaia, no disponemos de mucho tiempo y decidimos visitar solamente el flysch de Zumaia. Esta formación rocosa está considerada un referente mundial para la historia de la tierra. Auténticas láminas de hojaldre de piedra que forman un libro abierto acerca de 60 millones de años de historia geológica de la tierra. Son muchos los geólogos de todo el mundo que anualmente se acercan a este lugar en busca de datos para sus estudios. La panorámica es impresionante, los flysch se pueden apreciar tanto en las paredes verticales como en el suelo.



 

El paseo parte de la ermita de San Telmo, dejamos aquí las burritas y con nuestros trajes bajo el sol de “injusticia”, seguimos un sendero que lleva hasta el flysch. Reconozco que desconocía la existencia de esta maravilla, por casualidad buscando en san Google un camping por esta zona, apareció información sobre este lugar.


 

           
 

Llevamos cierto retraso, no sabemos donde dormiremos, la tarde tiene prisa por acabar su turno y ceder el puesto a la noche.

Seguimos por la costa disfrutando de estos paisajes, Deba, Ondarroa y Lekeitio,

En este último paramos, no tengo ninguna dirección de campings ni hoteles, busco en los PDI del gps a ver si hay suerte y nos lleva a alguno bueno, bonito y barato, pero no hay manera. Damos vueltas y más vueltas, con cada una de ellas mi cabreo sube varios puntos, estamos inmersos en un bucle temporal, nuestro particular “día de la marmota”, como Bill Murray en la película Atrapado en el tiempo.

Tanto deambular para acabar en un hotel en el que nos recibe un personaje con una borrachera de caballo, los primeros treinta segundos nos cayó simpático, después, un brasa de mucho cuidado.

Tal era el cansancio que ni el escandaloso volumen de la música de una discoteca cercana impidió que durmiéramos plácidamente.


 

El día se levanta con un cielo amenazante gris oscuro, al poco de iniciar la ruta del día, cumple su amenaza y comienza a llover.

El mismo cielo se mofa de nosotros, lo deja cuando paramos a ponernos el chubasquero y arrecia cuando nos lo quitamos. Por suerte cuando llegamos a Gernika, el gracioso que tiene el mando de lluvia On o lluvia OFF, se toma un descanso y podemos visitar el famoso árbol de Gernika.

                  
 

Lentamente vamos avanzando, Busturi, Sukarrieta, Mundaka  son algunas de las poblaciones que tenemos que atravesar camino de Matxitxako. La ría de Gernika siempre a nuestra derecha nos obliga a ir mirando continuamente, resulta peligroso, pero es casi imposible resistirse a contemplarlo.

 

El cabo Matxitxako se hace desear, cruzar Bermeo nos lleva bastante tiempo, por fín un cartel que indica la dirección hacia el cabo. A unos tres  kilómetros tomamos un desvío a la derecha  por una pista asfaltada, en muy mal estado, transcurre por el interior de un bosque tan denso que parece anochecer. Sin darnos cuenta nos pasamos el faro viejo, a nuestra derecha, y continuamos por un camino que se va estrechando hasta morir metros más adelante, se nos hace difícil dar la vuelta.

El faro nuevo tiene su acceso restringido, por lo que nos conformamos con el viejo.


 


 

Las vistas de esta punta de la tierra son sencillamente espectaculares, sentados en una roca contemplamos extasiados. El maxilar inferior pierde su tensión muscular e irremediablemente el fluido salivar pronto rebosa y cae en un hilillo.

 Una tormenta sobre el mar aumenta la belleza de lo que observamos, ayudada por el fuerte viento se aproxima hacia nosotros con rapidez, si no salimos del trance y espabilamos nos sacudirá con fuerza y tiene pinta de venir con muy mala leche.

Permanecemos unos minutos más allí, tentando a la suerte y lo que tenía que ocurrir ocurre, la tormenta se ceba con nosotros y nos dedica unos minutos de diluvio universal.


 

Cuando quiero darme cuenta, debido a unas obras en la carretera, me paso el acceso hacia san Juan Gaztelugatxe, este precioso lugar merece una visita con buen tiempo, por lo que continuamos la marcha.

Tomamos una estrechísima carretera en fuerte descenso, de repente tengo que parar para disfrutar de las magníficas vistas sobre Bakio.

Ni el asfalto mojado ni el chirimiri restan disfrute a las curvas.


 

Kilómetros después, tras una curva, puedo ver abajo, a mi derecha, dos moles cilíndricas de hormigón, están con aspecto abandonado, aunque da la impresión de que con una buena limpieza podrían recuperar la buena apariencia, siento curiosidad y en el siguiente pueblo paro a preguntar, para mi sorpresa se trata de la nunca puesta en marcha central nuclear de Lemóniz


 

Nos acercamos a Bilbao, como no llevo GPS, no se por donde cruzamos la ría, creo que por Barakaldo, da lo mismo, lo que queremos es quitarnos de encima el poco fluido tráfico de esta zona, cometemos el pecadillo de meternos en la autovía A-8 hasta poco antes de Castro Urdiales.

Es hora de comer y desde luego Castro no es, ni mucho menos, mal sitio para hacerlo. Un paseo para bajar la los dos platos de fabada pedorra que me he metido, nos lleva por el puerto hasta la iglesia gótica de santa María de la asunción y el castillo de santa Ana.




 

Con el estomago en pleno proceso digestivo es duro volver a subirse a las motos, arrancamos como el que arrastra una cruz en procesión de penitencia. Pronto estamos entrando en Laredo, de repente tengo la necesidad de parar, hace muchos años que no vengo por aquí. En un pequeño mirador podemos contemplar toda la extensión de la playa, en este lugar pasé varios veranos con mi familia cuando todavía era un niño, debía tener unos 6-7 años y a pesar de los años transcurridos el recuerdo está muy vivo. Ahora que desde hace pocos años que falta mi padre, esos recuerdos  se convierten en imágenes de un pasado muy feliz  y que alcanzan un valor incalculable.

Es curioso, pero observando esa playa en silencio me aborda un miedo, el de algún día perderlos, no ser capaz de recordarlos, será que me estoy haciendo mayor.


 

Bordeamos la ría de Treto hasta Santoña, dejamos atrás Ajo, tan solo cinco kilómetros restan para llegar a nuestro siguiente destino, el cabo de Ajo.

Al final de la carretera, una urbanización de chalets, su calle principal se cierra con una gran puerta de madera y una tapia que impiden el paso hasta el faro. Siento cierta decepción, quedan varios centenares de metros y así no podemos considerar que hemos llegado hasta el final, está claro que con las motos no vamos a poder acercarnos, pero a pie si, unos vecinos nos indican la forma de hacerlo, es preciso saltar un muro de piedra y reptar para salvar unas vallas de alambre espino. Caminamos por un prado al borde de los acantilados  hasta estar a pies del faro construido en 1907.


 

Nos acercamos a los cortados y no nos sentamos, nos dejamos caer como quien cae derrotado, pero no es derrota lo que sentimos, todo lo contrario es reconocimiento de nuestra insignificancia ante la infinitud del mar. Contemplarlo es como observar el cielo estrellado en una noche sin luna, no te cansas.

Este momento, al igual que los recuerdos de mi niñez, se convertirá con el paso de los años en algo inolvidable, estoy seguro que cuando seamos viejitos en alguna ocasión lo recordaremos juntos.


 


 


 

  

TRANSCANTÁBRICA 2ª parte

 

El tiempo que dedicamos a observar en silencio, todo lo de evocador que tiene el mar cuando sin prisas te dejas hipnotizar por él,……….. se nos hace corto, muy corto. Han pasado casi dos horas y ninguno de los dos hemos tenido la necesidad de estropear el momento con palabras, eran nuestros pensamientos, nuestros sueños los que hablaban y se entrelazaban como auroras invisibles alrededor de nosotros.

Pocas son las ocasiones en las que se alcanza ese momento, ese instante, en el que todo está en su sitio, en orden, no hay nada más, solo……….tú y el universo infinito de tu mente.

 

El sol, a nuestra izquierda, ya se va a descansar, ha tenido un día de dura pelea con las nubes y necesita coger fuerzas para mañana. Por mucho que lo intenta ya no nos da su calor, sólo consigue que durante unos minutos tengamos luz suficiente para volver a las motos y salir en busca de algún lugar donde dormir.

Bajamos en dirección a Somo, aquí paramos unos instantes para disfrutar de las vistas nocturnas de Santander y toda su bahía. Cruzamos la capital y en Soto de la Marina encontramos un camping donde pasar la noche.

 

Estuve tentado de cambiar el nombre de esa ruta Transcantábrica por Transcabrónica.  Quiero muchísimo a mi mujer, pero pasar varias noches intentando descansar en una diminuta tienda de campaña, es una prueba de amor difícil de superar.

La primera mañana que amanecimos en la tienda, se nos acercó una niña de unos 7-8 años y con cara seria nos pregunta: “¿esa tienda es la del perro?”. Imaginaos  nuestras caras.

La tienda, de 800 gr, superligera, supertécnica, supertodo, “2 plazas” se puede leer en su exterior en letras grandes, lo que no dice es que en esas plazas no deben entrar personas de mas de 1,30m y no más de 50 kg de peso. Por ello no es aconsejable pasar más de dos noches si no se quiere poner en riesgo un matrimonio, que hasta este día iba muy bien.

Decidimos por el bien de nuestro hijo, que a la mañana siguiente compraremos una tienda de esas baratas del Carrefour, que no sabemos si nos protegerá del agua o del frío, pero si evitará un divorcio.

 

Durmiendo en ese ataúd, no es de extrañar que recibamos con júbilo y alegría la hora de levantarse y cuanto más pronto…………… mejor.

A las 7h00 ya estamos encima de las Derbi y en pocos minutos llegamos a la playa de Valdearenas, en el Parque Natural de las Dunas de Liencres.

Estamos solos, es una sensación extraña, no es muy habitual estar en una playa que normalmente, en verano, está abarrotada de bañistas. Aprovechamos este privilegio y damos un paseo romántico y reconciliador por las dunas, inevitablemente los dos nos acordamos de las de Erg Chebbi en Marruecos, donde hemos paseado tantas veces.




 

La temperatura es ideal para andar en moto, aunque como en todo este verano en el norte, lo hacemos bajo la amenaza de lluvia siempre presente.

 

VUELTA A LA EDAD MEDIA

 

Pasear por Santillana del Mar ya es especial de por si, pero hacerlo por sus calles vacías, es como viajar en el tiempo.

Al final de la calle del Río, frente a la Colegiata, nos damos un pequeño homenaje, sentados en el pollo de una puerta bebemos un vaso de leche fresca y un trozo de quesada……………….¿se puede pedir más?............si, solamente una cosa, una tienda de campaña más grande.

Sigue sin aparecer el ejército de turistas habituales en esta villa, uno de los lugares más visitados de toda Cantabria.




Quién si se me aparece es “Lucifer”, es el nombre que le pongo al cabrón, y es que es eso, un cabrón, el macho de la cabra. Negro, muy negro, grande, muy grande, con enormes cuernos enroscados, mirada maligna y fija sobre mi quesada, se lo que quiere de mi, mi alma y mi postre.

Nos observamos, medimos nuestras fuerzas, sabe que estoy dispuesto a luchar hasta el final, puede quedarse con mi alma, pero no con mi preciado tesoro. Hace un movimiento repentino que me sorprende, me acuerdo del Lucifer de “El día de la bestia” de Alex de la Iglesia y por un instante creo que va a sacar el tridente y arrebatármelo. Pero lo que hace, es darse la vuelta y sin darse ninguna importancia, tal como vino se va por el callejón oscuro…………..  tanto para este final.




La siguiente parada, como si de un autobús de línea se tratara, será en Comillas, visita rápida (lo vimos el año pasado) al “Capricho” de Gaudí, una obra de juventud del genial arquitecto catalán. El Capricho fue proyectado en 1883, el mismo año en el que se le encargó la Sagrada Familia.



Seguimos avanzando, en San Vicente de la Barquera nos sorprende un atasco descomunal, más de veinte minutos nos lleva cruzar el puente del Paseo de la Barquera, decidimos pasar de ver el Castillo del Rey. Marta aprovecha para hacer un poco el ganso.


 

La N-634 esquiva Pechón, por lo que si queremos seguir viendo a nuestro amigo Cantábrico, tenemos que hacer un rodeo y tomar una sinuosa y estrecha carretera que lleva al pueblo de tan sugerente nombre. Está situado entre dos rías las Tina mayor y menor, las dos merecen una parada para disfrutar de sus desembocaduras, son de una belleza casi salvaje.


 

En dirección oeste, Llanes nos recibe bulliciosa y alegre, como siempre. Me encanta esta ciudad, es como mucha gente la llama “una de las playas de Valladolid”, y que no se me ofenda nadie. No es difícil encontrarse con vecinos o conocidos, son decenas de miles los pucelanos que buscan aquí, playa y sol cada verano.

Llanes es de esos lugares privilegiados del norte, donde lo tienes todo, puedes estar tumbado al sol mirando al mar y a tus espaldas los majestuosos Picos de Europa, susurrándote bajito, al oido……..”ven,ven”.

Y es que en muy pocos kilómetros y en pocos minutos, se puede dar un cambio radical a tus vacaciones, aquí no te planteas el eterno dilema, cuando se prepara el esperado descanso veraniego, de elegir entre playa o montaña. 

Desde el faro de Llanes, la burrita con los Cubos de la memoria de Agustín Ibarrola al fondo.


 

A pocos kilómetros existe una pequeña maravilla, es uno de los lugares que más me apetecía visitar, la playa de Gulpiyuri, próxima a Naves, ya conocía la del Covijeru, de similares características, pero esta no.

No es una playa convencional, como las que todos nos podemos imaginar, en Gulpiyuri nos han “robado” el mar. Esta aseveración no es del todo exacta, porque de hecho agua salada de mar tenemos, sería más acertado decir que nos lo han robado de la vista. Es una playita interior, situada a unos 100 metros del mar donde el agua se ha abierto paso a través de los acantilados. La roca caliza perdió la guerra contra la paciente insistencia de las olas. El agua se filtra subterráneamente y aparece en una depresión del terreno cuya forma se asemeja a la de un cráter volcánico. Este es un lugar no muy conocido, pero aún así es mucha la gente que se acerca por aquí, lo que hace difícil poder disfrutarlo en soledad, como realmente se merece.



 

La hora de comer nos cae cerca de Ribadesella, como tantas otras veces que venimos por esta zona no falto a mi cita con la fabada asturiana, este plato popular de invierno me sienta siempre de maravilla a pesar de estar en verano. Me da a mí que Marta, que aborrece las fabes, no está muy por la labor, teme pasar una noche intranquila a mi lado, y no soy capaz de imaginar el porqué,¡¡¡¡jajajajaja!!!!


 

Como siempre, ponerse en marcha, tras una comida copiosa se hace muy duro, hay que armarse de fuerza de voluntad para vencer la modorra y conducir bajo el sol.

La carretera que sale de Ribadesella bordeando la costa, es de esas que dan gusto recorrerlas en moto, pero ni con las cerradas curvas desaparece el sueño, no nos queda más remedio que ,casi nada más arrancar, hacer una parada para intentar espabilar un poco, a mi literalmente se me cierran los ojos.

 

EL PODER DE LA CAJA TONTA

 

Lastres se ha hecho famoso en los últimos años por ser escenario de la serie de televisión Doctor Mateo, ha tenido que ser la caja tonta la que haya puesto este precioso pueblo en el mapa, personalmente pienso que ya antes tenía suficientes atractivos para ser visitado sin necesidad de esa ayuda, pero el poder de la televisión es enorme, para lo bueno y para lo malo.

Supongo que si vamos uno por uno, preguntando a cada habitante de Lastres estarán muy agradecidos con los beneficios que dejan los miles de curiosos que quieren conocer donde se rodó su serie favorita. En este caso el fin justifica los medios.

La casa del Dr Mateo

Lastres


 

Se nos echa encima la noche y un día más no sabemos donde descansaremos, es una de las pocas cosas que no me gustan de los viajes con alto grado de improvisación, buscar alojamiento o un lugar donde plantar la tienda o vivaquear cuando estás hecho polvo después de horas encima de la moto, aunque tengo que confesar que en parte me gusta y es que en ocasiones te lleva a situaciones extraordinarias que suponen experiencias en si mismas.

Esta vez acabamos cerca de Candás, en la mejor suite del HOTEL DES ETOILES, con los sacos y aislantes en un prado apartado de la carretera. Tengo que reconocer que el servicio de habitaciones dejó mucho que desear.

 

ÜLTIMA ETAPA

 

A partir de aquí continuaré solo, una inoportuna llamada de teléfono ayer noche obliga a Marta a regresar antes de tiempo por temas laborales

Será un día duro, muchos lugares que ver y pocas las horas disponibles.


 

Tocan diana a las 5h30, en pocos minutos estamos preparados para emprender la marcha, hace fresco, pero es una temperatura agradable.

El momento de la despedida es jodido, los dos sentimos rabia por no poder concluir juntos la Transcantábrica que con tanta ilusión habíamos comenzado. En la última mirada  que cruzamos, sonreímos y asentimos prometiéndonos volver a terminarla juntos en cuanto nos sea posible. Los que tenéis niños sabéis que no es nada fácil conseguir unos días para escaparse.


 

No han aparecido las primeras luces del día aún, busco la salida de Candás y me encuentro un ejército de zombies ebrios, no siento miedo, solo pena, estos no le comen el cerebro a los humanos, se lo comen a si mismos con el alcohol. Decenas de jóvenes totalmente borrachos en un desfile patético deambulando por las calles. En el paseo marítimo veo acercarse a dos tontos muy tontos que se entretienen arrojando al mar todas las papeleras que se encuentran.

No puedo pasar de largo y desentenderme es superior a mis fuerzas, paro la moto a su lado y me dirijo a los dos gilipollas, más o menos educadamente les pido que dejen de hacer el “pringao”, esperaba una reacción violenta por su parte, pero iban tan mamados que creo que solo veían dragones volando a su alrededor, no me hicieron ni caso, pero por lo menos dejaron de tirar las papeleras.

 

Salgo por una carretera estrecha entre prados semiocultos por  la niebla, un muy tímido sol empieza a desperezarse, el ambiente es mágico, la niebla y los últimos instantes de la noche convierten este paisaje verde y brillante por el día en uno casi esotérico. Mi inquieta imaginación busca con la mirada alrededor a los habitantes mitológicos astures al diañu burlón que despliega su actividad durante la noche, asustando al caminante que anda a deshora, a las bruxas, mujeres mezquinas, sucias y malolientes, que se desplazan por los aires recurriendo a procedimientos diabólicos o a un  trasgu mirándome burlón desde la ventana de algún hogar donde hace las tareas domésticas cuando está de buen humor, pero, ojo con este gnomo de 80 centímetros de altura cuando se enoja.

No consigo verlos, pero se que están ahí vigilándome.


 

La niebla se disipa y Asturias se muestra en todo su esplendor, dicen que Dios creó el mundo en siete días, lo que no dicen es que al octavo descansó, y lo hizo aquí, en Asturias.

Llego justo a tiempo de ver salir al sol desde la punta del cabo de Peñas, el espectáculo es impresionante. El sol intentando asomar entre las nubes, no hace otra cosa que embellecer aún más el paisaje de esta costa abrupta.




La burrita me espera impaciente, me dice que está muy bien lo de embobarse contemplando el amanecer, pero que ella ha venido a hacer kilómetros. En un abrir y cerrar de ojos me lleva hasta Cudillero, en mi opinión uno de los pueblos más bonitos de toda la costa norte española, la vista del pueblo desde el puerto es un momento que no hay que perderse.


 

En mi afán por no perder de vista al mar, tomo una carretera que me tiene que llevar a Cadavedo, pero no sé en que momento me despisto y empieza a deambular por pistas asfaltadas entre casas modernas y horreos antiguos, acabo metido en un camino en el que no creo que cupiese un turismo. Llevo el GPS apagado y no quiero encenderle, me lo estoy pasando genial.



 

Desgraciadamente, al final, encuentro la salida a la A-8, en pocos minutos breve parada en Luarca para beber algo, necesito hidratarme porque el calor aprieta de lo lindo. Subo al faro, desde allí hay una buena vista de toda la ciudad, del puerto y sobre todo del barrio de los pescadores.


 

No puedo entretenerme, tengo una cita en la playa de As Catedrais con la bajamar.

Con puntualidad británica, a las 10:49, me dispongo a bajar las escaleras que dan acceso a este mágico lugar. Para mi desgracia, no he sido el único que ha tenido la idea de venir a esta hora, cientos de turistas se mueven de un lado a otro como las hormigas en el hormiguero.

Ahí estoy yo, el bicho raro, con la ropa de motero parezco el tripulante de una nave espacial, Todo el mundo se me queda mirando, me siento como Charlton Heston huyendo de los gorilas en la playa en “El planeta de los simios”.

No se, pero este laberinto de bloques gigantescos de roca sobre la arena me recuerda un poco a Wadi Rum en Jordania.




 

ESTO LLEGA A SU FIN

 

En Barreiros abandono la N-634 que durante tantos kilómetros me sirvió de eje referencial en esta ruta y sigo por la N-642 dirección norte por Foz, Burela y Xove hasta Viveiro.

Quedan pocos kilómetros para finalizar esta Transcantábrica, soy consciente de ello e intento disfrutar de lo que queda poniendo a trabajar a tope mis sentidos para no perder detalle.

Soy feliz encima de la burrita, a muchos les parecerá increíble el que alguien pueda divertirse tanto con una moto de baja cilindrada, pero es así, tampoco puedo explicarlo muy bien, hace unos pocos años ni yo mismo lo habría creído, sencillamente me da lo que necesito.

 

Los últimos kilómetros en la LU-862 se me hacen cortos y sin remedio llego al final del recorrido. Como 500 metros antes de llegar al faro hay una señal de prohibido el paso, pero eso no va a impedir que llegue con mi moto hasta el final del asfalto. A partir de aquí continuo solo por un sendero empedrado  que muere en la punta de Estaca de bares. Sentado sobre una roca disfruto en soledad de este momento, siento una mezcla de desasosiego, nostalgia, alegría y satisfacción, supongo que son las mismas sensaciones que pueda tener un peregrino cuando llega a Santiago después de días de esfuerzo.

Mi recompensa no será el jubileo, para mi será algo mucho mejor, los días en ruta pasados junto a Marta y los momentos especiales que hemos vivido se quedarán en la colección de recuerdos de mi memoria para siempre.