TUNEZ 2009

 

En 2004 leí en Internet que un inglés había recorrido todo la costa australiana con una Derbi Senda 125. En ese momento se encendió una bombillita en mi cabeza y me dije que algún me iría lejos con una moto de pequeña cilindrada. En 2008 fue Marruecos, y para 2009 sería Túnez.

 

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El primer capítulo de esta pequeña aventura iban a ser los 1.100 kilómetros a recorrer desde Valladolid hasta Marsella. Allí me esperaba un ferry que tras 24 horas de travesía me llevaría hasta Túnez capital. Esa parte no tuvo mucha historia: muchas horas de autopista a 100 kilómetros por hora de crucero, que no está mal… Al llegar a Túnez, por suerte, desembarqué el primero e hice los trámites aduaneros en veinte minutos. Increíble.

 

 

En cuanto pisé tierra no me lo pensé mucho: tomé dirección sur hacia el desierto, por carretera, parando a comer en Kairouan -cuarta ciudad santa del Islam- y visitando las ruinas romanas de Sbeitla.

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Después de nueve horas de conducción y 500 kilómetros llego, ya de noche, a Tozeur, ciudad con un gigantesco palmeral. Mi intención para el día siguiente era llegar hasta la gran cascada del oasis de montaña de Tamerza, cruzando el chott llamado El Gharsa. Un guía de 4X4 tunecino, que conocí cenando la noche anterior, me dijo que no seria posible, ya que había llovido mucho días antes y que lo encontraría impracticable. ¡Qué razón tenía! Lo que normalmente es el lecho seco de un lago totalmente llano y cubierto de un manto blanco de sal, ahora era un barrizal pegajoso donde los dromedarios se daban sesiones de “barroterapia”. Aún así, intenté hacer unos kilómetros pero el riesgo a quedar atrapado estando solo me convenció que era mejor darme la vuelta e ir por carretera hasta Metlaoui. Allí tomé una pista en mejores condiciones que me llevó hasta Redeyef, y ya por carretera recorrí los 26 kilómetros restantes hasta Tamerza.

 

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Debido a las intensas lluvias caídas en días precedentes (180 l/m2 en cuatro horas), la Gran Cascada, como la llaman allí, había quedado arrasada por la fuerza del agua y los derrumbes de las paredes del cañón. A la gente de la zona se les ha acabado su forma de ganarse la vida… Ahora los turistas pasan de largo y no la visitan.

 

 

Atravesar el Chott El Jerid es como transportarse a otro planeta, son aproximadamente 80 kms de interminable recta y a los lados una inmensidad blanca que no parece tener fin. Es fácil ver espejismos,veo uno que parece ser una caravana (en la foto se puede ver),  ésta inmensa planicie salada parece estar hirviendo.

 

 

Llego a  Douz, ciudad conocida por ser la puerta del desierto; desde aquí se ven ya las primeras dunas. Esa noche la pasé en un hotelito por la irrisoria cantidad de ocho euros, desayuno incluido. En Túnez si prescindes de lujos se puede viajar por poco dinero.

 

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Por la mañana fui a solicitar los permisos a la Guardia Nacional, permisos que luego hay que ir presentando en los distintos controles que te vas encontrando a partir de aquí.

 

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Mi intención era ir de Douz a Ksar Ghilane directamente, atravesando un mar de dunas (ergg) de algo más de 100 kilómetros… pero todo mi gozo en un pozo: me deniegan el permiso, aduciendo que no lo dan a personas que vayan solas. Se me plantean dos opciones: contratar un guía, perdiendo el puntito de aventura y soltando una pasta, o bien tomar una pista que bordea el ergg por el norte y que no presenta mayor dificultad que la de ir solo. Para esta última opción no me ponen pegas, aunque me piden que deje constancia de mi llegada en el cuartelillo de Ksar Ghilane.

 

 

 

 

Antes de tomar esa pista, quise probar a hacer unos kilómetros por la “ruta prohibida”, e hice unos 35. Mientras seguía las trazas de la pista todo fue mas o menos bien, pero cuando ésta se perdía y aparecían tramos de dunas y arena virgen empezaban los problemas.

 

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Sobre las dunas

 

Por primera vez en mi vida topé con el temido fes-fes. Todos los aficionados a los rallys africanos sabrán de que hablo. Es una arena finísima, en la que la moto se clava como si estuviéramos rodando sobre harina. Cada quince metros me quedaba atascado, y con una temperatura de unos 40ºC, el sacar la moto en innumerables ocasiones me hizo recordar esas imágenes de pilotos del Dakar exhaustos que acaban retirándose por agotamiento en las interminables etapas en Mauritania. Me costó cuatro horas recorrer los últimos cinco kilómetros.

 


 

 

Volví sobre mis pasos y finalmente tomé la pista que evitaba las dunas. Era fácil, y la sensación de soledad me resultaba agradable; no me crucé con nadie, hubo momentos en los que pensaba que si pasara algo, como una caída o una avería grave, el tiempo que tardaría en pasar alguien… Lo mejor era no pensar en esas cosas y disfrutar del lugar y del momento, eso sí, con prudencia.

 

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Llegué, ya anocheciendo, al oasis de Ksar Ghilane. Lo primero que hice fue darme un refrescante chapuzón en un pequeño lago rodeado de palmeras y vegetación, un verdadero oasis como el de las películas.

 

 

 

Cerca de este oasis hay un monumento que conmemora la victoria de la Columna Leclerc sobre el ejército alemán, en la batalla que tuvo lugar entre febrero y marzo de 1943 en estos parajes. Dejé que se hiciera de noche, sentado a los pies del monolito, imaginando el sufrimiento que vivieron aquí miles de personas.


 

Aunque hasta aquí llegan algunos turistas, sobre todo en 4x4 y en moto, no está realmente masificado ni tampoco hay muchas comodidades. Dormí en haima, pero no solo: compartí cama con un buen número de buenas amigas, las hormigas. Tuve que dormir con unos auriculares puestos, porque algunas se empeñaban en meterse en mis oídos.

 

 

 

El día siguiente lo pasé rodando fuera de pista, practicando un poco la orientación sin GPS. Fue un día duro ya que, si bien la consistencia de la arena era mayor que en la etapa de Douz, debía afinar mucho la conducción e intentar adivinar el enlace correcto entre duna y duna. Fueron muchos las veces que me quedé enganchado en la arena.

A unos 4-5 kilómetros descubrí un fuerte romano, en lo alto de una colina. Durante la segunda guerra mundial fue utilizado por la legión  francesa como prisión. Desde la fortificación las vistas eran impresionantes y decidí esperar allí la puesta del sol. Sin palabras… La vuelta, ya de noche, subiendo y bajando dunas, fue una de las mejores sensaciones que he tenido jamás encima de una moto.

 

 

Cuando llegué a mi campamento -así le llamaban allí-, me encontré con una imagen que nunca hubiese imaginado: habían llegado dos tíos en moto. Hasta aquí nada extraño. Lo especial es que llegaron sobre dos deportivas, una Honda CBR 600 y una Yamaha FZR 600, y hay que tener en cuenta que este lugar está rodeado de arena. Cada uno se complica la vida como quiere, unos con una 125 y otros con deportivas…


 

 

Star Wars

A la mañana siguiente madrugué mucho, tenía que ir hasta Mathmata. Primero tendría que llegar por una pista monótona y machacadora para la moto, mis brazos y mis empastes. Aquí tuve la única incidencia de todo el viaje, un pinchazo, que pude reparar sustituyendo la cámara.

Muchos kilómetros de esta pista eran como conducir sobre uralita, alternados con algunos tramos de arena. Antes de llegar a Tataouine el paisaje llano y pedregoso daba paso a otro algo más montañoso.

Mis brazos agradecieron llegar por fin al asfalto. Tomé la carretera hacia el norte, en dirección Mathmata, pasando por Tataouine y Medenine. En total fueron 200 kilómetros, 90 de ellos por pista.


Cuando llegas a Mathmata piensas que estás en otro planeta. El paisaje es totalmente lunar, prácticamente sin vegetación, y solamente alguna palmera aparece de vez en cuando en esta tierra tan árida.

 

 

Mathmata es una ciudad donde viven todavía alrededor de 3.500 trogloditas en casas excavadas en el suelo, con forma de pozo gigante; algunas son enormes, con varias plantas, y de hasta 15-20 metros de diámetro. Varias de estas viviendas están habilitadas como hoteles. Hasta los somieres de las camas están excavadas en la pared. Son totalmente recomendables por lo singular de su construcción, como también por su asequible precio. Uno de estos hoteles sirvió como decorado para algunas escenas de Star Wars, y por supuesto, no podía dejar pasar la ocasión de visitarlo.

 

 


De vuelta a la capital

Se me estaban acabando los días y debía tomar rumbo norte hacia la capital, pero antes quería visitar El Djem, a medio camino entre Mathmata y Túnez. Una ciudad bulliciosa y turística debido a su anfiteatro romano, que se conserva bastante bien para la edad que tiene, nada menos que 1.800 años. Fue uno de los últimos que se levantaron y eso se nota en su compleja estructura y en las técnicas de construcción utilizadas.

Al llegar a Túnez capital me dirigí a las oficinas de la compañía del ferry, y recibí una noticia que fue como un mazazo, ya que por huelga en el puerto de Marsella, el barco que nos tenía que recoger no podía salir, y que como mínimo habría que esperar cuatro días para el próximo ferry, eso si se desconvocaba la huelga…

Tenía los días justos para volver al trabajo y no podía quedarme allí cruzado de brazos, así que empecé a informarme sobre la posibilidad de atravesar Argelia para llegar hasta Melilla y allí tomar un barco destino Almería. La idea empezó a gustarme, ya que era como tener una bola extra, un viaje dentro de otro viaje. Pero por suerte o por desgracia, al final nos metieron en el ferry de otra compañía que hacía el mismo trayecto, y salimos el día fijado.

Las 22 horas de travesía previstas se convirtieron en 40 por un fuerte temporal más otras tres horas de espera frente al puerto de Marsella. No nos dejaban desembarcar por la maldita huelga. Desde la ciudad francesa,”sólo” me quedaban 1.100 kilómetros de autopista hasta Valladolid…

Durante esos largos y aburridos kilómetros de autopista fui dándole vueltas al próximo proyecto con mi burrita. ¿Por qué no Islandia?